lunes, 17 de noviembre de 2008

Viernes, 14 de Noviembre. 6:30 p.m.



Seis de la tarde. El carro avanza, los latidos de mi corazón por momentos se aceleran, por momentos se calman. Ando medio adormitado, casi tan gris como el día. Corre un poco de viento pero es mejor caminar, es temprano. De pronto, una gota de agua cayó sobre mi cabeza, luego una más y otra, me sorprende la lluvia mientras dibujo con mis pies el camino que me lleva hacia ti.
Diez minutos después buscar refugio por la lluvia e intentar descubrir tu voz entre las personas, los edificios, el viento.

Me acerco al teléfono, llamo una vez y no respondes, el miedo se comienza a apoderar de mi cuerpo pero no hay tiempo para temer, antes de la segunda llamada apareces como si fuera la primera vez que me ves, el mundo entonces pierde todo significado y sólo somos los dos, como intentando dominar la lluvia que abruptamente deja de caer, el frío, las personas; cambio los planes porque mi deseo es pasar el mayor tiempo solo contigo, sin nadie más a nuestro alrededor, por eso recurrimos al sitio de siempre, nuestro techo vuelve a ser el firmamento, las estrellas y la luna, nuestras paredes los árboles, nuestro mundo una vieja banca de cemento con inscripciones, con historia y a la vez sin ella, como si la hubieran puesto solo para nosotros dos.

Seis y treinta de la tarde. Somos tú y yo. Y yo te amo.

Una mirada hacia tus ojos marrones y el tema recurrente: nosotros, nuestra vida, nuestro sentimiento en común, nuestra cruz en común, nuestra felicidad en común; la pregunta ya no es por qué sino qué hacemos, cual es la solución para este laberinto de girasoles, crisantemos, rosas sin espinas y con espinas. No podemos seguir así, no debemos seguir diciendo que nos amamos si nos duele hacerlo, que prometimos algo y lo vamos a cumplir, entonces hay una solución drástica: irme, alejarme de ti, que me olvides con el tiempo; no quiero esa solución. Luego, tomo tu mano como si pidiera la paz en una guerra de diez minutos, como dándolo todo por una bandera blanca y otra mirada. Es cuando se despejan las nubes de mis labios, de mi mente, de mi completo ser, no te reprimas —digo con la convicción de que el cielo es inmenso, el sol brilla y que la luna nunca caerá sobre nosotros. Es cuando me acerco a tu cuerpo y tú al mío.

El momento es mágico, sublime.

Te abrazo como buscando el calor que necesito, a la mujer que necesito. Me abrazas como encontrándome y sabiéndote encontrada, como con necesidad de hacerlo, como si nuestras vidas dependieran de eso. Mi brazo izquierdo queda por encima del tuyo y nuestros rostros quedan cerca. Nuestros labios se atraen con intensidad y es cuando olvidamos nuestros nombres, es cuando lo profundo, el miedo, el dolor y el vértigo son nada comparados con el sentirte cerca. Y cierras los ojos. Y siento que esto es la gloria.

Y perdemos por completo el control.

Siento el preciso momento en que beso tus labios, rozando brevemente, con delicadeza, como si fuera nuestro primer beso, esperamos mucho por este momento, en silencio ambos deseábamos poder volver a sentir nuestras vidas condensarse en nuestros labios, experimentar como el amor se salía de nuestros cuerpos, como se paraliza el mundo y la dimensión en que nos encontramos es distinta al del resto.

Un momento después —en realidad no sé cuanto tiempo ha transcurrido— observo tu rostro como se ilumina y luego nos miramos fijamente. Rompimos una promesa, dejamos vencer al amor. Entonces nos abrazamos y se abre la noche más intensa de nuestras vidas, la escribimos con abrazos, con recuerdos, tomándonos de la mano, hablándonos al oído lo que necesitamos escuchar, rozando nuestros labios con delicadeza, con pasión, con amor.

Te amo mucho —dices mientras me miras a los ojos— y yo a ti, mi vida.

Cuatro horas después el amor es el único protagonista, llena nuestras vidas repletas de nostalgia, de melancolía, de intensa necesidad de estar juntos en todo momento, de no separarnos porque es como si fuéramos uno, que dependemos del otro.

No digas esta es la última vez —digo con el alma casi saliendo de mi cuerpo.

Cuatro horas de besos, cuatro horas de abrazos, cuatro horas de caricias, cuatro horas sintiendo que tu alma es el complemento de la mía, que esta noche es la noche más maravillosa de nuestras vidas, que eres tú y sólo tú y que quiero que mis días sean a tu lado, que al amanecer pueda ver tu rostro todos los días. Que nuestros momentos no se esfumen como la vida, que sean eternos.

Nunca nos fuimos de ese lugar, nuestras almas nos esperan.

Es lo que nos hace inmortales, como los ángeles.

Te amo mi vida.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Wow y plop!!! en serio admiro como escribes eres lo maximo definitivamente fue una noche muy espectacular, muy linda, muy todoooo como dicen recordar es volver a vivir.... Sabes que eres re importante en mi vida y pues si ese dia nos dejamos llevar por el corazon no nos importa el daño tremendo que nos hacemos pero en fin...........

No estuvo planeado y es cierto ambos deseabamos rozar nuestros labios... porque ambos nos necesitamos y sabemos que somos el uno para el otro porque esto si es amor..... eso nadie me lo quita de mi cabeza....

Gracias por existir te amo mucho y pues todo lo dejamos a Dios...

Anónimo dijo...

Sabes que te falto:

La melodia de una cancion que escuchamos juntos abrazados "GROOVY KIND OF LOVE" ese momento para mi fue magico, lo maximo, muy sublime, tierno, melancolico y pos si triste porque se me cayo una q otra lagrima pero lindo porque estuve en tus brazos escuchando esa melodia al igual que la melodia "solo dejate amar" fueron momentos muy lindos y que siempre marcaran mi vida :)... I love you

gustavopoeta dijo...

Si fue algo que faltó, como cuando nos fuimos de la mano, los besos, los abrazos tan fuertes, las caricias...... hasta los momentos graciosos como cuando para enseñarme la barriga te bajaste el cierre de la casaca, jeje.

Escuchar juntos nuestra canción fue algo tan mágico...... Te amo tanto...