sábado, 21 de noviembre de 2020

Las canciones: Parte Seis. Us and them (Pink Floyd)

«Bueno, quiero decir, no te van a matar, así que si les das un golpe rápido ─un golpe corto y fuerte─, no lo vuelven a hacer. ¿Captas? Quiero decir que se bajó de la luz, porque podría haberle dado una paliza, pero solo lo golpeé una vez. ¿Es sólo la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto? Quiero decir, los buenos modales no cuestan nada, ¿eh?».

 

Veo la luz. Siento las constelaciones parpadear a lo lejos, la vida es un viejo reloj de arena. Todo es un mundo dentro de otro y otro, girando alrededor de mis ojos. Siento la tierra en mi rostro, el ruido es ensordecedor y a la vez diáfano como agua de lluvia. La utopía de sobrevivir a una caída horizontal es como abrir los ojos y descubrir que en realidad jamás existimos, que no somos reales. Que somos el resultado de una batalla de palabras latiendo como un corazón, gritando por sobrevivir.

 

Peleamos durante horas, el general mandó a las líneas adelantarse, luego llegó el desastre. Grité por horas, como una canción que no tiene fin. Sentí una explosión en el pecho, caí.

 

[De niño, la soledad era una puerta cerrada, un techo que se acercaba hacía mí para aplastarme, unas paredes que atrapaban el silencio hasta dejarlo del color más oscuro que existe, solo atinaba a taparme los ojos, el mundo giraba más lento, las horas se vuelven una marcha por el desierto, como saltar sin paracaídas y sin saber la altura ni si el viento me sacaría de esta ciudad. Crecí pensando que el espacio era el paraíso de mis pesadillas, nadie me dio la mano y me dijo levántate, las calles eran piedras que me hacían tropezar, indolentes. El frío no dejaba escuchar mi voz, nadie se percataba de mi sombra.]

 

Ellos se fueron. Me vi flotando en otra dimensión, la vida se convierte en notas de piano apareciendo y desapareciendo como un camino de ladrillos, puedo respirar, pero no puedo sentir mi cuerpo ni decir ninguna palabra. No recuerdo por qué estaba peleando ni a quién defendía. Nosotros éramos un torbellino de polvo. La marca en el cuaderno que alguien borrará y nadie más se dará cuenta que existió. Los ojos cerrados en una escalera de papel, pensando que en algún momento la guerra se detendrá y dejaremos de pensar que somos marcas en la arena, que alguien escribirá nuestra historia y pondrá nuestros nombres. Mientras eso sucede, veo la luna, sus cráteres, el sol se ve tan pequeño, ojalá pudiera tocarlo. No sé si estoy muerto. Quizá lo estuve desde siempre. Es hora de volar.

 

[Vaya, el cuartel, nos dan órdenes, saltamos, peleamos entre nosotros, no puedo dormir, solo estoy para marchar, para aprender a disparar, para decir sí señor y dar grandes zancadas, la gran pelea llegará pronto ─dijo el sargento─, ustedes deben sentirse felices de entregar la vida, los recordarán por siempre, no pierdan el control, cuando estén frente al enemigo golpeen sin piedad, recuerden lo que les he enseñado, ahora dispara, golpéalo, no es un hombre, es tu enemigo, tu enemigo, recuerda el techo cayendo sobre ti, recuerda que las paredes no tuvieron piedad, no cuenta los años que cumples, es tu maldición, tu locura, el nacer, crecer, sentirte una piedra que alguien más pateará, dispara ese fusil, no seas necio, tú no tienes una vida propia, eres mis nudillos y mira como golpeo el suelo con ellos, mira cómo el mundo gira y tú te quedas de pie, sangrando, llorando, ¿buscas una identidad?, ¿buscas alguien que te quiera?, ¿alguien que se preocupe por ti?, ¿sientes dolor?, pues el dolor te ayudará a sentir que no respiras en vano, ponte esa ropa y sal a matarlos, recuerda tu misión.]

 

Se escucha un extraño eco aquí, fuera del sistema solar. Las canciones no tienen fin, la humanidad es un papel en blanco, estrujándose una y otra vez. La batalla debe haber terminado, yo prefiero seguir en el espacio y pasar de una galaxia a otra, luego la llegada hacia un agujero negro, llego al horizonte de sucesos, me atrapa, todo es azul, blanco, gris.

 

No siento cuando levantan mi cuerpo, tampoco cuando me colocan en la camilla. Despierto muchas vidas después, me veo en una habitación como la de mi niñez, temo que el techo me aplaste, que las paredes atrapen nuevamente el silencio. Es un milagro que hayas sobrevivo, eres un héroe ─dice la voz─. Nosotros, ellos, azul, negro, arriba, abajo, con, sin, todo es una dualidad, una disyuntiva, una paradoja. No sé si estoy vivo. Quizá lo descubra cuando cierre los ojos. Mientras tanto, quiero seguir en el espacio.

 

[Es una sombra, me dice que viene del pasado, del futuro, de unas baldosas sin tiempo, su timbre de voz atrapa mis pasos, nuestras historias son un eterno domingo por la tarde, caminando entre la melancolía de no saber si respirar tiene sentido y la ironía de ver las puestas de sol y contener el llanto. La ráfaga de viento en medio del mar cubre nuestras mentes. Caigo al agua. Abro los brazos. Quiero seguir flotando en el viento, se siente paz. No me dejes volver, no lo quiero. Me extiende la mano. Tu misión aún no ha terminado ─me dice─, falta ganar tu batalla, la verdadera batalla.]

 

Vuelvo a mirar el techo. En este nuevo escenario soy un trovador que mira hacia el infinito. Y en ese infinito, el reloj vuelve a cero.

 

Es que, después de todo, la vida es como un laberinto de acordes disonantes, avanzamos en silencio, peleamos. Y al final, volvemos a casa, a contemplar las paredes. Como hombres ordinarios.




La melodía original de "Us and them" fue compuesta por Richard Wright para la banda sonora de la película "Zabriskie Point" de 1969, titulada originalmente "The Violent Sequence". Rechazada por el director fue retomada durante las sesiones de grabación del álbum "The Dark Side of the Moon" (1973),  con letras de Roger Waters


Canción número cinco.

sábado, 7 de noviembre de 2020

Las canciones: Bonus track. Yo no quiero volverme tan loco (Charly García)

Los gritos de la gente. Los miró así no reconociera a nadie. Respiró. Una gota de sudor resbalaba desde su frente. Observó el micrófono. A veces no se escucha a sí mismo, otras veces repite o balbucea, otras veces es como verse sentado en el piso de la habitación del hotel: las cortinas cerradas, la guitarra a su lado, las paredes, recuerda lo mucho que le cuesta olvidar las tardes de domingo, piensa en la calle, en el frío del invierno, en la lluvia.

Siente que todos ríen a su alrededor, pero mira y es como si no hubiera nadie, como si aún estuviera en el hotel y lo ahogara la paranoia de tener el papel en blanco y sentir ganas de escribir, de cantar, de ser un maldito bandido en un mundo imaginario, atrapado en un espiral, en un callejón sin salida. Cierra los ojos, la gente sigue gritando, como si fueran miles de infinitos contenidos en un metro cuadrado; se toma la cara, siente su cabello tan largo, nuevamente aparecen las paredes como una desolación de cemento, un laberinto de un solo color buscando un interlocutor.  

Imagina la habitación. Se levanta, la ventana es grande, la corre, mira hacia afuera: hay poca gente, la noche está llegando, no hay luna. En eso siente el estruendo de las personas pidiendo una canción, luego otra. Las conoce todas, las compuso mirando el techo, sentado en el piso, incluso acostado sobre el pasto de algún parque cuando no lo reconocía ni su propia sombra. Los recuerdos pasan por su mente como una especie de paraíso terrenal. Toca el piano de la introducción de la siguiente canción. La noche anterior la tocó en guitarra cuando todos se fueron, solo lo acompañaba una botella de whisky, un vaso, la cubeta de hielo, los deseos de desaparecer.

Apagó la luz, pero no soltó el vaso. Cuando abrió los ojos aún era de madrugada.

Tocó el piano.

Miró por la ventana.

La gente levanta los brazos, delira, corea su nombre.

Pensó en la alegría de sentirse triste, ríe, grita.

Comienza a cantar.

En su mente, la canción cobra vida y se abre paso entre nubes surrealistas, sortea un laberinto de versos mal escritos, de años mirando el silencio. La muerte se vuelve una almohada muy pesada en todas estas noches interminables; canta sobre la locura, sobre la televisión, sobre las penas de las tardes de domingo, luego cae en cuenta que ya no tiene el vaso en la mano, que no está sobre la cama, que cae en un pozo interminable. Mira a la banda, deja el piano, se levanta, canta sobre la paranoia y la depresión. Recuerda nuevamente la madrugada en el hotel: camina hacia la ventana para buscar la luna y aullar con ella, para pensar en la vida como una hoja de papel amarillo que lucha contra el viento, viendo como su soledad se convierte de improviso en el parante del micrófono, desea estrangularlo, aniquilarlo.

En eso siente la descarga.

Cae. La banda sigue tocando, la gente enloquece. Se cierra su mente, mira el cielo: las estrellas brillan como mostrando el camino, como quien dice «toma mi mano, ven conmigo, tenemos tu alegría en el vacío». Se ve saltando, ya no en el pozo sino por la ventana, luchando contra su propia locura, viendo cómo se acerca el pavimento, se hace más grande, cierra los ojos, no hay dolor, incluso recuerda los momentos buenos al lado de alguien, no ve su nombre, solo reconoce su voz y se da cuenta que es un sueño porque en estas escenas ella lo ama y no lo suelta, van de la mano entre caminos de ladrillos, entre soles de mañana, de medianoche. Luego siente los estragos de la descarga. Se molesta al no ver la autopista hacia las estrellas, solo a su banda, al público, a las luces. Se levanta, recuerda que el parante del micrófono representa su soledad y lo patea instintivamente, con furia, no por la electricidad que recorrió su cuerpo sino por la impotencia de no poder tener el valor de regresar a su salto hasta el centro de la tierra. La gente vuelve a gritar. Corre hacia al piano, continúa su canción.

Repite el estribillo, canta más fuerte, grita, siente que es como levantarse del pavimento y ver que no tiene ningún rasguño, como pensar que la muerte se ha equivocado, no saltó con él, se quedó en el piso de su habitación, atrapada en el vaso de whisky.

 «Yo no quiero esta pena en mi corazón».

Luego de la última nota vuelve a pensar en la habitación. Siente que sube a la cama, coge las sábanas, observa el techo como si fuera un gran espejo. Cierra los ojos. Se mira. La gente no deja de gritar. Él los mira.

La soledad es la última constelación del cielo. Todos los aplauden, no dejan de gritar. Se ve recogiendo el vaso, acostándose, cerrando los ojos una vez más. En este nuevo sueño, él se mira al espejo, sin multitud ni más canciones por cantar. Dejando simplemente que el reloj avance. 

Para poder perdonarse a sí mismo.




"Yo no quiero volverme tan loco" es una canción de Charly García, incluida en el álbum "Yendo de la cama al living" (1982). En un concierto en Chile en 1985, Charly García sufrió una descarga eléctrica mientras interpretaba esta canción.


Bonus Track N° 1